Cuatro paradas en la autopista introspectiva que pueden devolverte la paz, la claridad y el equilibrio en momentos de cambio.
¿Alguna vez has sentido que el ritmo de la vida te arrastra tanto que terminas caminando en modo autómata? A veces, las pérdidas o los giros inesperados sacuden nuestra realidad y nos dejan con la sensación de tener la identidad fragmentada. Intentamos mantener la compostura frente al mundo, pero por dentro el ruido mental y la frustración amenazan con apagar nuestra claridad.
El sufrimiento no nace de lo que sucede en el exterior, sino de la forma en que procesamos la distancia entre lo que fuimos y lo que somos hoy. Buscar culpables o intentar reconstruir el pasado suele ser agotador. La verdadera transformación comienza cuando nos atrevemos a hacer una pausa consciente y mirar hacia adentro sin juzgarnos.
Hace tres años, para celebrar nuestra publicación N° 200, nació una obra profundamente especial: Conversando conmigo misma. Hoy la reunimos aquí en una edición completa e integrada para ofrecerte un refugio de lectura que combina la sensibilidad humana, la autocompasión y el despertar de la consciencia.
Te invitamos a regalarte unos minutos de silencio, respirar profundo y desplegar cada capítulo con una actitud amable y curiosa.
Una Conversación Interna

«Conversando conmigo misma»
(libro íntimo en cuatro capítulos)
Qué día tan difícil ha sido hoy. Tal como los últimos 20 días. No llevo un registro de mis pesares, pero creo que ese es el tiempo que llevo tratando de mantener la compostura, en el trabajo, para no caer en un arrebato emocional; porque finalmente ¿Quién perdería si me dejara dominar por mis emociones?
Exaaacto.
Mmm, me pregunto ¿Quién no tiene problemas con su jefe? o ¿A quién no le cae mal su jefe?
Jajaja, pero por qué. Siempre hay un motivo; el enmascarado y el real.
Siendo sincera, él me hace sentir subvalorada porque no toma en cuenta todo mi bagaje de experiencia y se centra únicamente en mis errores u omisiones o en aquello que para él se hubiese hecho mejor. Tampoco me da el crédito por mis ideas o cualquier implementación que haga, por más pequeña que ésta sea. Eso me hace sentir muy enojada.
Por fin, la emoción que siento se muestra en su pura expresión… Enojo.
Aunque aún me siento mal. Algo todavía permanece oculto. ¿Qué puede ser?
Mmm, creo que las acciones de mi jefe me hacen recordar todo lo que he perdido, y la causa de mi sufrimiento está más allá de su trato para conmigo. Mi sufrimiento es porque considero que merezco más. Me percibo como una buena trabajadora y siento que merezco más, algo similar a lo que tenía antes. Aquello que construí con mucho esfuerzo, dedicación, sacrificio y horas en vela; y que un día empezó a destruirse por una broma cruel del destino.
Esta broma cruel no es más que los golpes de la vida. Nunca me he ganado la lotería pero si fui escogida para recibir un huracán, en la forma de una enfermedad, que arrasó con todo lo que había construido. Vaya cortesía de nuestra señora vida.
Luego de siete largos años de subsistencia, aquí estoy intentando retomar todo; aunque eso solo es una ilusión pues es imposible retomar algo que yace destruido. Puesto que, no se trató de una pausa sino de un desastre de gran magnitud.
Lo único que puedo distinguir con claridad en mí es un ego severamente golpeado y una identidad fracturada; tanto así que, cuando alguien me pregunta algo sobre mí, no sé de quien hablar… de mí antes del huracán o de lo que quedó de mí después de éste.
En efecto, cuanto más alto estás, más dolor y estragos deja la caída; frase cliché que hoy por hoy me hace muchísimo sentido, estando totalmente de acuerdo con ella.
Entonces, mi enojo no tiene nada que ver con mi jefe; él es un ser humano imperfecto que tiene sus propias creencias, vivencias, traumas, pesares, motivaciones y conductas no hábiles. Ningún ser humano, ni él ni yo, escapa a su imperfecta naturaleza, sino no tendría sentido el querer crecer como persona.
Simplemente, mi enojo tiene que ver conmigo, es decir, con la forma cómo he procesado mentalmente lo que he vivido en los últimos siete años, cómo he manejado mi duelo por cada pérdida que he reconocido en mí y cómo veo la vida hoy en día.
Pero, ¿Dónde quedan mi ego y mi identidad?
Me siento más tranquila después de detectar la causa real de mi enojo. Aunque todavía queda una pregunta sin contestar.
Una conversación interna que continúa en la siguiente parada de la autopista introspectiva. Te invitamos a desplegar el Capítulo II: Ego e identidad.
¿Dónde quedan mi ego y mi identidad?
Ego, ego; cuanto dolor me propinas.
Si observo a través de tus lentes, mi identidad corre el riesgo de verse inflada. Más aún, si te dejo actuar sin filtros, siento que mi identidad corre el riesgo de desarrollar una máscara.
Pese a que te reconozco visceral, nunca te he considerado un enemigo. Quizás un majadero presumido, pero ten por seguro que nunca un enemigo.
Lo que sí no te puedo consentir es que con tus inmaduros arrebatos pongan en riesgo a mi identidad. Justo ahí, tú y yo, entramos en un conflicto.
Pero, al fin y al cabo, tú eres un constructo de mi ser; por lo que, el conflicto termina siendo conmigo misma. Lo bueno es que, al tratarse de algo interno, en teoría, tendría todo lo necesario para resolverlo.
Esa es una dura tarea que puedo lograr teniéndote de mi lado; querido ego.
Muéstrate equilibrado para poder observar con claridad todo el panorama.
No lo que tú quieras mostrarme, sino la panorámica real.
Contigo de mi lado, en tu versión equilibrada, sé que podré conseguir definir mi identidad.
No más máscaras ni artilugios, solo lo real.
Nunca dudes de mis sentimientos hacia ti, ego. Pero, así como de nada sirve malcriar a un niño; nada bueno resulta de dejarte actuar a rienda suelta.
Espero estés comprendiendo lo que te estoy diciendo.
Extiendo mis brazos dándote las muestras de mi deseo por abrazarte; y termino llevándolas hacia mi corazón, porque sé que a través de esa vía tú podrás sentir la sinceridad de mis palabras.
Entonces, ¿Dónde quedas tú, ego?
En el mismo lugar dónde siempre habitas, en mi ser; pero actuando equilibrado para darme el amor, la fuerza, la resiliencia, el humor y todos los demás recursos que me son necesarios para construir, resanar, modificar, ampliar y/o remodelar mi identidad.
Siguiendo esta lógica, yo podré ser quien edifique mi propio destino; pero tú eres mi abastecedor.
Ahora, ¿Qué hay de mi identidad?
La identidad es dinámica y cambiante. Tiene matices y lados. Es imposible intentar encasillarla o mantenerla inmóvil porque ello va en contra de su natural característica.
Teniendo eso en cuenta, me queda comprendido que mi identidad es descrita por mi auto concepto y auto imagen; nutriéndose constantemente de lo vivido y aprendido.
En simples palabras, mi identidad soy yo; y yo soy mi identidad; con todas las cicatrices y huellas que hasta el momento la vida me ha dejado, las que en su conjunto la hacen hermosa.
Sin embargo, para que ella luzca su hermosura; ego, tú debes domar tu ímpetu y conservar tu equilibrio.
Después de esta revelación, ¿Qué corresponde hacer?
Bueno, eso lo dejaremos para una siguiente conversación.
Continúa conectando contigo misma en la siguiente parada. Te invitamos a desplegar el Capítulo III: Heridas emocionales.
No existe alguien que pueda decir que nunca ha llorado porque al nacer damos el primer saludo a este mundo a través del llanto.
Se trata de un llanto de victoria por el primer triunfo logrado… nacer…
Luego, empieza el viaje que cada uno emprende. Pero, en un sentido literal, no lo hacemos solos; ya que por varios años dependemos de otras personas para poder sobrevivir, desarrollarnos y crecer. En ese ínterin, nos alimentamos de lo que vemos, escuchamos, sentimos e ingerimos. Como resultado de esas acciones, corremos el inevitable riesgo de ser eventualmente heridos.
Ahora bien, enfocándonos en las heridas emocionales, estas se suelen generar durante los primeros años de vida; llegando a influir en la toma de decisiones, el comportamiento y la propia personalidad.
Las heridas emocionales que considero como principales, son de: rechazo, abandono, desvalorización, traición e injusticia; donde cada una de ellas tiene dos extremos que pueden perjudicarnos en sentidos opuestos. Y si intento explicar esto último mediante un ejemplo, diría que el rechazo puede llevarnos al aislamiento o a la necesidad de aprobación; el abandono, al rencor o a la dependencia emocional; la desvalorización, al resentimiento o a las inseguridades; la traición, a la desconfianza o a la manipulación; y, la injusticia, a la crítica o a la culpa desmedida.
Por eso, una manera adecuada de asumir el verdadero control de nuestras vidas es tomando consciencia de cuáles son aquellas heridas que llevamos en nuestro interior; a fin de atenderlas e impedir que se extiendan y continúen influyendo de forma negativa en nuestras acciones.
Pienso que no es cuestión de buscar culpables, sino de sanar aprendiendo a vivir. Las heridas cerrarán, quedando sus marcas impregnadas en el alma; pero también con aquellas cicatrices se puede llegar a convivir sanamente.
Valgan verdades, el pasado no se puede modificar. No obstante, uno puede elegir ser parte de su solución; e intentar ser la mejor versión de sí mismo cada día. Tan solo hay que recurrir a la conciencia para así vivir conscientemente.
Después de este breve discurso a puertas cerradas, y encontrándome frente al espejo, puedo inferir que mis heridas emocionales son de rechazo e injusticia. Ellas hacen que yo sea susceptible a situaciones que interpreto como de no aprobación e/o injustas, desencadenándose en mí reacciones que terminan por afectarme; y por qué no decirlo, afectar también a los demás.
Entonces, es oportuno dirigir mi energía a atender a mis propias heridas que aún no terminan de cerrar.
Mmm… Creo que ya estoy lista para responder la pregunta que se quedó al aire, ¿Qué corresponde hacer?
Viene a mi mente la palabra despertar; y viéndome a los ojos, puedo comprender que se trata de un despertar de consciencia.
La conversación se profundiza para encender los faros y mirar hacia adentro. Te invitamos a desplegar el Capítulo IV: Mirar hacia adentro.
Siento que estoy despertando a ciertos aspectos que antes no tenía la capacidad de notar; como por ejemplo: reconocer lo que siento, sin recriminaciones, y darle nombre a dicha emoción; comprender que mi ego solo es un hábil abastecedor cuando está en equilibrio; y hacerme consciente que existen en mí cicatrices de heridas pasadas que no han sido curadas adecuadamente.
Esta charla ha sido un poco extensa, pero necesaria; porque me está permitiendo ver con tal claridad, que deja muy por debajo cualquier otra situación en la que yo hubiese creído tener las cosas claras.
Ahora noto cómo se va vislumbrando un camino dentro de mí, por el que decido avanzar; y a cada paso que doy la luz se va haciendo más brillante. Ya no me envuelve la niebla de mis angustias; esta luz la está desvaneciendo, tal como desvanece mis pensamientos rumiantes.
Solo estoy aquí, obsequiándome un momento de compañía conmigo. Caminando hacia mi interior, sin expectativas ni pretensiones. Solo, caminando con una actitud amable y curiosa.
Entonces, me doy cuenta que puedo ser la arquitecta de este ambiente; creando y construyendo lo que desee; haciendo uso de todos los materiales, recursos y elementos que poseo, y que también están dentro de mí.
Tengo todo lo que necesito al alcance de mis manos, y entiendo que puedo avanzar a mi propio ritmo y tiempo.
El punto decisivo de partida es dar esos primeros pasos con aplomo; siendo el compromiso siempre avanzar. Ahora bien, el ritmo y el tiempo dependerán de la manera cómo atienda a mis heridas emocionales, porque ellas pueden reabrirse si yo empiezo a darle mayor importancia a aquello que lastima las cicatrices que las cubren.
Por eso, me apoyaré en los ojos de mi mente. Ellos son los centinelas que vigilan mi estado mental y me alertan cuando corro el riesgo de salir de mi preciosa zona de bienestar o equilibrio. Ellos son los faros que alumbran mi camino interior, aquel lugar que es mi refugio y fuente nutricia de conocimiento.
Pero los ojos de mi mente no siempre están abiertos, aunque yo esté en pie; pues no obedecen al cuerpo. Los ojos de mi mente se abren cuando despierto conscientemente.
Y es ese despertar de consciencia, o darme cuenta, el que me permite ver con claridad, tanto lo que está dentro de mí como lo que hay afuera; y, en consecuencia, me permite actuar de un modo más hábil. Ahora lo comprendo.
Termino esta conversación dándome un afectuoso abrazo; y en esos segundos que mi mente siente la calidez de mis manos, noto que su alegría se manifiesta en un corazón que late con ternura.
Mirar hacia adentro es solo el primer paso para retornar a tu propio espacio de serenidad. Si está bien para ti, te invitamos a explorar lo que podría ofrecerte nuestro libro «Hacia el centro de mi alma: Un camino a la tranquilidad»
Un espacio para ti
Gracias por regalarte este tiempo y acompañarme hasta el final de esta conversación.
Las palabras cobran su verdadero sentido cuando resuenan en tu propia historia. Nos encantaría leerte en los comentarios: ¿En cuál de estos cuatro capítulos sentiste que te estabas escuchando a ti misma?
Si sientes que tu momento actual requiere seguir alimentando tu mundo interior y sanar a tu propio ritmo, te invitamos a continuar el viaje a través de nuestras rutas:
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Saludos cordiales.
Buen vivir es vivir saludable
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